Al tiempo ya conocíamos los trucos, transmitidos de generación en generación. Se nos enseñaba a ser tramposos y aprendíamos rápido. En todas las pruebas había un ítem de identificación de personajes, que incluía puros personajes secundarios: mientras menos relevante fuera el personaje era mayor la posibilidad de que nos preguntaran por él, así que memorizábamos los nombres con resignación y también con la alegría de cultivar un puntaje seguro.
Alejandro Zambra
En el contexto de la educación chilena, pensar en u
n colegio en donde no se pongan notas resulta extraño o incluso insólito. ¿Cómo evalúan? Suelen preguntarnos los padres que se acercan al colegio. Esta pregunta espontánea pone en evidencia una problemática central en el proceso pedagógico tradicional, que suele homologar dos conceptos disímiles como son evaluar y calificar.
Si orientamos el aprendizaje hacia la obtención de buenas notas, instalamos en los niños y jóvenes algo que viene desde afuera y que los clasifica (porro, regular, mateo). Es decir, la calificación no opera solo sobre determinada tarea, sino también sobre el individuo en formación, influyendo en las dinámicas de aprendizaje y en las relaciones internas del grupo de alumnos(as). Asimismo, esta orientación al logro, al actuar de manera externa, sitúa a los alumnos(as) en una dinámica de intercambio (yo hago esto para obtener aquello), lo cual puede devenir en un deseo de completar una tarea, en vez de querer comprender y disfrutar las instancias de aprendizaje.
Nuestro enfoque pedagógico sitúa en el centro al alumno(a), abordando los distintos conocimientos (matemáticas, historia, literatura, biología, etc.) a partir de las etapas de desarrollo en que se encuentren. De este modo, tras tener una imagen de las necesidades de los distintos cursos, buscamos que los alumnos(as) se involucren con la realización de una tarea, participen por un deseo de aprender y vivencien experiencias satisfactorias de aprendizaje. Con lo cual, a lo largo del trabajo pedagógico, surja un involucramiento duradero con los conocimientos que se estén abordando. Al no calificarlos, damos espacio para que los niños(as) y jóvenes, con ciertas dificultades en alguna materia, puedan sentirse capaces de realizar un determinado trabajo desde sus destrezas y capacidades individuales.
Ahora bien, sigue
quedando abierta la pregunta inicial: ¿cómo evalúan? La evaluación, al enfocar la instancia pedagógica en los alumnos(as) concretos que tenemos en la sala de clase, se vuelve un trabajo personalizado, en donde se evalúa el proceso de aprendizaje a través del contacto cotidiano con los estudiantes. Los profesores realizan una búsqueda individual, de intercambio con sus pares y en una comunicación constante con los padres, manteniéndolos informados y propiciando un vínculo de retroalimentación para, de este modo, poder evaluarlos y exigirlos según sus capacidades y necesidades. No hay notas, sin embargo, a diario se les exige por medio del trabajo en sus cuadernos de clase (lo que tradicionalmente se conoce como evaluación de portafolio), tareas, investigaciones, proyectos en la media, presentaciones de distintos tipos, realización de trabajos, informes de lectura, ensayos, entre otros. Asimismo, a fin de año, los distintos profesores realizan un informe sobre cada alumno(a), en el cual dan cuenta de su aprendizaje y transitar en su materia. No hay notas, pero hay niños(as) y jóvenes con las instancias para desarrollarse de sí mismos.



