Para quienes, como nosotros los profesores, todos los días trabajamos dentro de una sala de clases, sea en el Jardín Infantil, en la Básica o en la Media, nos toca relacionarnos con seres vivos, que además sienten, piensan y quieren, diferentes, en constante cambio, sujetos a las alegrías y tristezas de sus familias, a los éxitos y fracasos de sus padres, en fin. Para estos seres, hay quienes pretenden saber, “desde las alturas jerárquicas” de nuestra sociedad, lo que ellos necesitan aprender, y cómo debemos hacerlo. Pero estos seres que para esas “alturas” son una abstracción sin rostro, para nosotros son rostros concretos y perceptibles.
Para llegar a ellos, no solo necesitamos saber lo que enseñamos, necesitamos también aprender a comprenderlos, a descubrir qué están necesitando, a desentrañar sus intereses latentes, esos intereses que hacen posible que aprendan, que quieran aprender. Y cuando todo esto se pone en juego, cuando poco a poco nos vamos haciendo más capaces para todo ello, en esos momentos, en esos precisos momentos, necesitamos el espacio que nos permita crear, inventar, imaginar, necesitamos la libertad.
A esto, solo a esto, pero a nada menos, llamamos LIBERTAD DE EDUCACIÓN.



